SOLEDAD Y DEMENCIA
La soledad es un factor de riesgo real. Según el Barómetro de la Soledad no deseada en España, en 2024 una de cada cinco personas adultas declara sentirse sola. Y, según la Organización Mundial de la Salud, una soledad prolongada puede aumentar hasta un 50% el riesgo de demencia.
Sentirse solo puede derivar en vivir en una burbuja de aislamiento social que, inevitablemente, conlleva a una falta de estimulación cognitiva. Es decir, al estar y sentirse solo, dejan de ejecutarse habilidades y funciones que se dan en la interacción diaria con el mundo y que son necesarias para un buen funcionamiento cerebral: habilidades del lenguaje, procesos de memoria, atención, razonamiento o flexibilidad mental, entre otros.
Así, diversos estudios apoyan la hipótesis de que la soledad o un sentimiento de soledad cronificado impide que se estimulen los procesos cognitivos esenciales para el antienvejecimiento cerebral, acelerando el proceso de deterioro cognitivo. Es decir, la soledad, además de provocar heridas emocionales, también dificulta el mantenimiento de un cuerpo y mente saludables.
Sin embargo, existen factores protectores que pueden contrarrestar dichos efectos, entre ellos:
- Mejorar la infraestructura comunitaria
- Realizar actividades sociales cada semana
- Regularizar las actividades físicas o recreativas
- Tener un apoyo psicológico o un acompañamiento personalizado
- Especialmente en personas mayores, programas de envejecimiento activo, voluntariado y participación comunitaria.
En opinión del Dr. Carbonell, es fundamental ser conscientes de que la soledad es una cuestión de salud mental que afecta profundamente al individuo. La estimulación social es un factor prioritario para abordar este problema de manera eficaz, por ello, frente a la soledad debemos intentar mantenernos activos socialmente. Como dice el refrán… más vale prevenir que curar.




