Instituto carbonell

Poner límites sin sentirnos culpables

2 de agosto de 2019

A muchas personas les cuesta poner límites y se sienten culpables al hacerlo o se sienten incapaces de ponerlos. Los profesionales de la salud mental dan mucha importancia a ponerlos ya que indican que son la base de mantener relaciones sanas y cuidar de nosotros mismos.

El artículo de Sharon Martin, psicóloga en Estados Unidos, publicado el 25 de junio en Psychcentral señala la importancia de poner límites a través sus principales funciones:

  • Los límites informan a los demás de cómo nos gusta ser tratados. Nos protegen de que nos traten de alguna forma que nos puedan hacer daño.
  • Los límites crean una barrera emocional entre nosotros y los demás. Nos permiten tener nuestro espacio y privacidad, con nuestros sentimientos, pensamientos e ideas. Nos dejan ser nosotros mismos y nos alejan de la necesidad de mostrarnos como alguien diferente.

Por estas razones y para las personas que tengan más problemas al poner límites, la psicóloga nos da una serie de consejos para empezar a ponerlo en práctica sin sentirnos culpables:

  1. Claridad con lo que queremos . Antes de poner un límite, especificar al máximo qué queremos y porqué es importante. Este hecho nos ayuda a poder comunicar nuestras necesidades y a recordarnos porqué debemos seguir practicándolo. Anotándolo, para tenerlo a mano, y practicar lo que diremos o haremos, puede ayudar a reducir la ansiedad.
  2. Ser directos y no disculparnos por nuestras necesidades . Si nos justificamos o nos disculpamos mucho nuestro mensaje pierde importancia, por lo que hay que evitar explicaciones largas como “de verdad que lo siento mucho, verdaderamente quiero ayudarte y sé que ya te dije que vendría… espero que no te enfades conmigo, te agradezco mucho”.
  3. Cuando empieces a poner límites, espera resistencia . Normalmente las personas que tienes cerca y se han beneficiado de tu involucración no suelen querer que cambies, por lo que es normal que se opongan un poco. Saber que esto puede pasar y entender que no somos responsables de la reacción de los demás puede aliviarnos. No es un deber que las personas se sientan mejor y sólo somos responsables de nuestros propios sentimientos y acciones.
  4. Poner límites es un proceso continuo . Los límites deben seguir su desarrollo, modificándose o añadiendo otros. Nuestras necesidades van cambiando, por lo que los límites que vayamos poniendo también deben moldearse.
  5. Recordar que los límites se usan para nuestro bienestar y no para intentar controlar a otros. El establecer límites nunca debería ser consecuencia de querer castigar a alguien. La finalidad de establecerlos es quitarnos preocupaciones, agobios y estrés, no deben usarse para “devolvérsela” a alguien o hacerle daño. Los límites deben ponerse desde una perspectiva  sana y  usarse como forma de conseguir y mantener nuestro bienestar.

En opinión del Dr. Carbonell, estas pautas nos ayudan a cuidar de nosotros mismos y entender mejor nuestras relaciones. También son una guía para empezar a poner límites sin que estos tengan consecuencias negativas. Igualmente, es importante recordar la posibilidad de acudir a un profesional de la salud mental para ayudarnos con pautas y disminuir el malestar que podamos sentir.

 

Por Instituto Carbonell • 25 de septiembre de 2026
Según el estudio publicado en The Conversation , realizado por Miguel Ángel Castro Nogueira, doctor en Antropología, Laureano Castro, doctor por la Universidad Complutense de Madrid, y Miguel Ángel Toro Ibáñez, Doctor e investigador, proponen que los seres humanos pensamos que somos racionales y que tomamos decisiones basándonos en los hechos. Sin embargo, muchas veces mantenemos ideas equivocadas, ignoramos información que contradice lo que pensamos o justificamos decisiones que no han sido acertadas.  El razonamiento humano no sirve solamente para buscar la verdad, sino también para relacionarnos con otras personas. Muchas veces razonamos para defender nuestras decisiones, convencer a los demás o mantener nuestras ideas dentro de un grupo. Esto puede explicar por qué nos resulta más fácil encontrar errores en las opiniones de otras personas que reconocer los nuestros y por qué tendemos a buscar información que confirma lo que ya pensamos. Nuestras creencias también se forman a través de lo que aprendemos de otras personas y de nuestro entorno. Desde pequeños recibimos aprobación o rechazo y vamos aprendiendo qué comportamientos e ideas son aceptadas. Con el tiempo, algunas de estas ideas pueden parecernos naturales y evidentes, aunque hayan sido aprendidas. Por eso, cambiar de opinión puede resultar difícil, ya que nuestras creencias están relacionadas con nuestras experiencias, emociones y relaciones con los demás. Aun así, la racionalidad puede desarrollarse mediante la ciencia, el pensamiento crítico y el intercambio de ideas. Estos permiten revisar nuestras creencias y corregir algunos errores. Por tanto, la racionalidad no depende únicamente de cada persona, sino también de la capacidad de la sociedad para crear espacios en los que podamos cuestionar nuestras propias ideas y cambiar de opinión cuando sea necesario. En opinión del Dr.Carbonell, no siempre razonamos de manera objetiva, sino que muchas veces buscamos confirmar lo que ya creemos. Por eso, es importante desarrollar el pensamiento crítico y aprender a cuestionar nuestras propias ideas.
Por Instituto Carbonell • 23 de septiembre de 2026
El concepto de ecoansiedad cobró relevancia a partir de un informe de la Asociación Americana de Psicología (APA) en 2017 y se refiere a la respuesta de inquietud y agobio ante el deterioro del planeta. Lejos de ser una afección médica formal, diversos estudios en ciencias sociales y salud ambiental señalan que constituye un fenómeno emergente con implicaciones sociales, ambientales y emocionales. Tal como se recoge en investigaciones como la revisión sistemática del Journal of Environmental Psychology (2022) o los análisis de la Revista Médica del IMSS, este malestar se manifiesta en distintos ámbitos: Síntomas psicológicos y sociales: tristeza, miedo, impotencia e ira ante el futuro, influyendo en las relaciones interpersonales, los hábitos de consumo y en decisiones de vida como la maternidad o paternidad. Si la angustia se intensifica, puede derivar en insomnio, apatía, desesperanza y síntomas depresivos. Síntomas físicos y somáticos: desgaste corporal y alteraciones del descanso debido a factores ambientales extremos como las olas de calor, que provocan estrés, agotamiento, deshidratación y sobrecarga cardiovascular. Para abordar esta preocupación desde una perspectiva social y adaptativa, los especialistas destacan las siguientes recomendaciones: Desarrollar una “ansiedad práctica”: orientar la respuesta emocional hacia la búsqueda de acciones proambientales concretas en lugar de ceder a la parálisis o a la rumiación. Fomentar la acción comunitaria: como señala la Dra. Alice Poma, investigadora en ciencias sociales de la UNAM, la organización colectiva y el activismo tienen un efecto terapéutico que transforma la impotencia en logro y sentido de propósito. Crear espacios de diálogo y redes afectivas: compartir las inquietudes ambientales en comunidad ayuda a tejer lazos de apoyo, reduciendo la sensación de aislamiento y permitiendo afrontar el futuro con mayor esperanza. En opinión del Dr. Carbonell, la ansiedad debe entenderse como un reflejo de la realidad ambiental y social actual, y no de entrada como un trastorno. Aprender a encauzar estas emociones de forma colectiva es clave para el bienestar; no obstante, si el malestar interfiere significativamente en la vida cotidiana, es muy aconsejable contar con el acompañamiento de un profesional de la salud mental.
Por Instituto Carbonell • 18 de septiembre de 2026
Vivimos rodeados de una comodidad sin precedentes y, paradójicamente, de un vacío existencial récord. Como explica detalladamente la psiquiatra Marian Rojas Estapé en sus redes sociales y en su artículo publicado en el periódico Última Hora , la epidemia actual de angustia y desorientación nace de una confusión profunda: buscar la felicidad en la gratificación instantánea. Rojas advierte que, al volvernos intolerantes al esfuerzo, caemos en un “vacío pleno” donde la vida carece de un propósito real. En esta misma línea, el catedrático Jesús G. Maestro explica en El fracaso de la felicidad que la búsqueda constante de estar satisfechos es una expectativa muy promovida por el entorno actual. Maestro señala que asumir la felicidad como un estado permanente puede llevar a interpretar cualquier dificultad o frustración cotidiana como un fallo personal. Por ello, invita a cultivar la inteligencia crítica, aceptar las tensiones naturales de la vida y priorizar la libertad personal como la verdadera base para tomar decisiones con dignidad. Más allá de esta dimensión cultural, el problema posee una raíz neurobiológica clara. El entretenimiento digital a demanda y los estímulos constantes de bajo esfuerzo han reconfigurado las expectativas de nuestro cerebro. Al evitar sistemáticamente la incomodidad de la paciencia, el aburrimiento o la frustración (experiencias que son naturales en la vida humana), debilitamos nuestra resiliencia y alimentamos cuadros de ansiedad y baja autoestima. Recuperar el bienestar exige mirar más allá del placer inmediato. Siguiendo la clásica logoterapia del psiquiatra Viktor Frankl, la verdadera satisfacción surge cuando nos comprometemos con un propósito que trasciende nuestra propia comodidad. ¿Y qué podemos hacer para combatir esta situación? El camino es sencillo pero desafiante: apaguemos temporalmente las pantallas, abracemos el aburrimiento como un espacio de reflexión y asumamos pequeños desafíos cotidianos que requieran perseverancia. En opinión del Dr. Carbonell, permitirnos transitar por el aburrimiento y elegir conscientemente el camino del esfuerzo voluntario no es un castigo, sino un acto indispensable de ecología mental para preservar la salud de nuestro cerebro en un mundo hiperestimulado.